Sube las escaleras con dificultad, su rodilla aún le duele. El apoyabrazos se siente frío, sólo las pequeñas incrustaciones con madera salteadas hacen soportable el trayecto de los escalones. Mientras, un rayo de sol se cuela por la ventana, le rosa el rostro y con calidez singular le alienta a seguir, se siente tranquila.
Llega hasta el piso de arriba. Camina con decisión hasta la recámara. Tiene la puerta cerrada.
Unos sonidos extraños -pero no por eso desconocidos- le incitan a imaginar en niños, caminando y corriendo por toda la casa. Imagina, además, las manos sucias justo antes de la comida, los regaños y las recompensas, la palabra tierna, la mirada inocente y el beso de buenas noches. Todo el futuro.
Abre la puerta lentamente. Los ve, sonríe. Ellos no la vieron. Cierra cuidadosamente y se dice a sí misma: Pronto seré abuela.