El perdedor

Ahora ya caminaba con la cabeza baja entre las extensas sombras que las lámparas londinenses olvidan iluminar. Su rostro se perdía en el infinito, su mirada ausente y casi blanca, llena de asombro. Él ya no pertenecía a su cuerpo ni su cuerpo a él, y sólo se escuchaba un continuo murmullo que desde la otra acera pude percibir cómo se difuminaba lentamente a la distancia, mientras que se confundía con el rezo del cuarto del que había recien salido.

- “Nunca antes de tiempo, nunca antes de tiempo… nunca otra vez”

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