El perdedor

Ahora ya caminaba con la cabeza baja entre las extensas sombras que las lámparas londinenses olvidan iluminar. Su rostro se perdía en el infinito, su mirada ausente y casi blanca, llena de asombro. Él ya no pertenecía a su cuerpo ni su cuerpo a él, y sólo se escuchaba un continuo murmullo que desde la otra acera pude percibir cómo se difuminaba lentamente a la distancia, mientras que se confundía con el rezo del cuarto del que había recien salido.

- “Nunca antes de tiempo, nunca antes de tiempo… nunca otra vez”

Sin infancia

Descubrió la bolsa guardada. Al ver en su interior no pudo más que entristecerse, llegada una edad, la infancia de uno cabe en una bolsa.

Y a veces, incluso en espacios menores.

Decirle adiós

Ignorado nuevamente, ya son tres veces que intento decirle, pero nunca puedo. Anda apurada con este viaje, no quiere olvidar nada como en otras ocasiones ha sucedido.

Le ayudo lo más que puedo, al final, cuando regrese no estaré.

La abuela

Sube las escaleras con dificultad, su rodilla aún le duele. El apoyabrazos se siente frío, sólo las pequeñas incrustaciones con madera salteadas hacen soportable el trayecto de los escalones. Mientras, un rayo de sol se cuela por la ventana, le rosa el rostro y con calidez singular le alienta a seguir, se siente tranquila.

Llega hasta el piso de arriba. Camina con decisión hasta la recámara. Tiene la puerta cerrada.

Unos sonidos extraños -pero no por eso desconocidos- le incitan a imaginar en niños, caminando y corriendo por toda la casa. Imagina, además, las manos sucias justo antes de la comida, los regaños y las recompensas, la palabra tierna, la mirada inocente y el beso de buenas noches. Todo el futuro.

Abre la puerta lentamente. Los ve, sonríe. Ellos no la vieron. Cierra cuidadosamente y se dice a sí misma: Pronto seré abuela.

Tiempo para saber si me necesitas

Dijo para sí: “A pesar de todo”

Y el silencio reinó.

La certeza

Nunca estuve seguro de querer cruzar al otro lado… al de las sonrisas e ilusiones… preferí quedarme en mi esquina… callado, obstinado, seguro… esperando el nuevo amanecer que acabara conmigo…

El abandonado

A la mañana siguiente se habían marchado. Cerró los ojos y recordó imágenes de su pasado. Una lágrima se desprendió.

El conquistador

La mañana siguiente se levantó con el peso de la gloria de quien aplasta una cultura milenaria para imponer la propia: Respira profundamente el olor a tierra nueva, abraza cálidamente los primeros rayos del sol y abre los ojos con la vista puesta en el horionte desconocido.

Sin remordimiento alguno.

Me dirijo al muerto

-Oiga… ¿sería tan amable de moverse de mi camino?

Primer y último cuento

Había una vez… pero ya no.

Luz de día

Descorro la cortina, como en “La noche de los feos” de Mario Benedetti. ¿Mi cicatriz? es tan sólo una anomalía sobre mi piel que al amanecer olvidaré para siempre.

Cuchillada

¡Y mira que fue dificil sacar esas manchas de la ropa!

Carta de despedida

Un día encontré una papel doblado delicadamente dentro de un sobre ya amarillento por los años, entre las páginas de un pequeño libro de poemas amorosos que te había regalado en uno de nuestros aniversarios y que no leía desde la universidad. Me puso triste.

Vendedor de placebos

Una mañana de primavera apareció por la calle principal en un automovil del año 77. Traía consigo una maleta repleta de frasquitos con sustancias extrañas pero dulces, que luego la gente del pueblo tiraría a la basura con desdén de quien hace una mala compra.

La búsqueda

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…

…¿hasta cuanto se cuenta antes de buscarte?