La ida

Salió corriendo a través del marco de la puerta de madera de aquella cabaña lejana, vieja y con olor a sal, un poco torpe y agitado. No vio los tres escalones que tantas veces subió y bajó durante las vacaciones de verano cuando llegaban a esa casa en la playa como un atisbo de respiro de una vida ajetreada en la ciudad. Después de tropezar, sólo continuó su camino sacándose a golpes secos la tierra que se adhirió a su pantalón de mezclilla y a su playera azul con unos símbolos blancos, muy comunes en los teclados de las computadoras.

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Ahora que estoy solo y tú estás lejos

Ahora que estoy solo y tú estás lejos, tengo el tiempo necesario para extrañarte. No hay prisas en este sentimiento, ni las acciones siguientes, sólo una tira de momentos inmortalizados en la memoria, a los que trato de asirme como el náufrago a medio mar se aprieta contra el flotante tronco perdido. No existe playa, ni tierra, sólo agua.

Recorro con la vista todo alrededor, qué pequeño es este cuarto, qué grande es el mundo, objetos que se refugian de mi extrañar tan salvaje.

Miro un tintero encapsulado dentro de plástico transparente, ansía salir, escaparse, rodar por las páginas blancas en donde te escribo ahora lo que luego descubrirás.

Una vaca aterciopelada sobre el monitor de la computadora me ve, sin premura ni maduración sonríe, le respondo y te extraño. Nada en este cuarto realmente está vivo, ni lo estuvo antes del día que tus labios encontraron los míos. Los objetos inertes, al recordarte cobran vida, se ríen, se mueven de lugar, juegan, tratan de apaciguar un sentimiento amorfo y solitario que tiene por única compañía un gato viajero que un día amanece con caricias y al otro ni llega. Sigo extrañándote, necesito callar, encallar.

No sé qué es peor, si distancia o tiempo. Ambos están entre nosotros, le debemos mucho pero igual nos alejan, quizás tratan de perpetuarnos sin saberlo.

Que mente es la humana que puede divagar por mil rincones imaginarios, en planetas distantes, en galaxias externas, dimensiones pragmáticas de los escritores, pero no le es posible acercarse unos cuantos metros o un kilómetro o dos. Esa es la mente que escribe en voz del poeta “el corazón no está donde late, sino en donde extraña”, una mente que se conjuga igualmente con el amor que con la porquería, porque hasta para eso sirve la imaginación. Y la distancia presente. Y el tiempo igual. La noche llega.

No quería escribir, sino decirlo, susurrarlo, mover lo que me queda de lengua y lograr borrar la barrera, pero no puedo, no pude. Sólo he podido escribirte estas palabras, que no dicen nada extraordinario pero cómo las siento en el corazón, te extraño.

La vida de don José

Todas las mañana don José se levantaba una hora después que su esposa ya hubiera dejado la cama. Ella al levantarse empezaba a hacer el desayuno para sus tres hijos, los niños en edad de entrar a la escuela y la niña, apenas de brazos.

Don José se lava la cara en el lavado fuera de la casa mientras miraba sembradíos secos de maíz en las parcelas alrededor de su casa, a las afueras del pueblo, el único lugar donde la gente sin recursos debía vivir.

Con la cara limpia, entraba a comer tortilla vieja con frijoles que ya estaba en la deteriorada mesita de madera y que doña Matilda tenía la obligación de tener lista todas las mañana so pena de terminar bajo un regaño que Don José le ejecutaría de lo contrario.

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