Todas las mañana don José se levantaba 1 hora después que su esposa ya hubiera dejado la cama. Ella al levantarse empezaba a hacer el desayuno para sus tres hijos, los niños en edad de entrar a la escuela y la niña, apenas de brazos.

Don José se lava la cara en el lavado fuera de la casa mientras miraba sembradíos secos de maíz en las parcelas alrededor de su casa, a las afueras del pueblo, el único lugar donde la gente sin recursos debía vivir.

Con la cara limpia, entraba a comer tortilla vieja con frijoles que ya estaba en la deteriorada mesita de madera y que doña Matilda tenía la obligación de tener lista todas las mañana so pena de terminar bajo un regaño que Don José le ejecutaría de lo contrario.

Los niños empezaban a levantarse, hacían el mismo ritual que el padre. Doña Matilda esperaba a que Don José se fuera al campo o la ciudad, según sus obligaciones de ese día, y que sus hijos caminaran por los caminos olvidados hasta la escuela a un par de kilómetros.

Cuando la casa quedó para ella y su hija, doña Matilda hizo lo que toda mujer debe hacer por los rincones de esas tierra, limpiar la casa, buscar leña, tener lista la humilde comida y esperar a que el marido regresara al medio día. Su hija no llegaría a cumplir con esos dictámenes tiempo después con disgusto y frustración.

Esa mañana don José fue al pueblo por semillas para la siembra, como él no era de las familias principales del pueblo, debía caminar en la calle, nunca en las aceras, expuesto a los carruajes, charcos y perros que se atravesaban en su caminar. Su apariencia algo olvidada en sus ropas deshiladas y manchas pérdidas en la espalda, frutos de sol y sudor, lo señalaban claramente como uno de los de fuera.

Después de unas cuadras llegó a la única tienda en ese pueblo que atendía a gente foránea de su propia tierra. La tienda tenía lo mínimo que ofrecer, comida de días, verduras secándose por el tiempo, y a pesar de eso era lo más completo que don José había visto. Él y los suyos no debían ingresar al centro del pueblo, eran las reglas que había aprendido desde niño. No podía, aunque quisiera, comprar ropa ni calzado, debía esperar a que el mercader adecuado viajara por los caminos polvosos que rodeaban las casitas olvidadas y se ofreciera, con riguroso trueque, remendar la ropa que ya tenían o parchar los restos de zapatos. O bien, con un golpe de suerte, encontrar en una esquina algún par en deshecho por quienes sí pueden adquirir tales cosas. Pero la suerte no reconoce a don José.

Los niños, en la escuela, aprendían a sumar, restar y leer. Los instructores, que no maestros, les recalcaban que era lo único que necesitaba la gente del campo, y que considerarán la lectura un lujo porque gente de campo no lee y ni para comprar libros tiene.

En el salón de los niños habían varios grupos, en total la escuelita tenía apenas dos docenas de alumnos bajo la palabra de un instructor.

En el recreo los niños hacían equipos de juego, bueno, los de mayor edad, porque los pequeños no tenían las capacidades para jugar desarrolladas, así que los dejaban “en reserva”, título adjudicado a los que no jugarían. No se entristecían porque al llegar a una altura aceptada, por los procederes de la naturaleza y los caprichos genéticos, ya tendrían derecho a participar en el campo de polvo con manchones de pasto, al fútbol.

Al medio día, don José regresó a su casa. La comida, él lo sabía, estaba lista. Los niños habían concluido su día en la escuela y regresaron puntuales a la casa. Don José ese día comió en silencio, su pensamiento estaba lejos, muchos metros fuera. Doña Matilda lo notaba callado, pero no se atrevía, como nunca se había atrevido, ni se atrevería, a cuestionarlo. Esperó a que sus dos hijos y su esposo se levantaran de la mesa. Los tres salieron sin mucho decir a donde se dirigían. Ella se quedó cumpliendo sus obligaciones.

La tarde cayó. La rutina del día se acababa con la luz. En la noche don José le comentó a Doña Matilda que en los próximos días empezarían a “desconstruir” su casa pequeña de madera y la construirían unos kilómetros más lejos del pueblo. No era necesario que le dijera que al ir al pueblo aquel día un encargado del ayuntamiento le había dicho que ese terreno iba a ser ocupado para la siembra de Don Leoncio, benefactor del gobierno, hijo de sangre de grandes familias de la región, hacendado, criador de ganado de raza, tesorero vitalicio del patronato de la iglesia y, mediante la mano de su hija, protegido de un diputado que don José nunca conocería. Con pocas palabras, lo que sí le dijo es que esa tarde había concluido con sus hijos varones la decisión del lugar donde se reconstruirían su casa.

Al día siguiente empezó el traslado, madera por madera, que no tomó mucho tiempo por las pocas pertenencias que habían en esas cuatro paredes. Mientras hacían el último traslado, ya los trabajadores de Don Leoncio empezaban a llegar con los tractores y picos. Dejar esa tierra fue un momento inolvidable, tanto que 40 años después, ya muertos don José y su esposa, cuando sus dos hijos y sus propias familias vivían en la nueva casita, al llegar un enviado del ayuntamiento a tocar su puerta, ellos dos ya sabían que debían “desconstruir” su casa otra vez.

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