Salió corriendo a través del marco de la puerta de madera de aquella cabaña lejana, vieja y con olor a sal, un poco torpe y agitado. No vio los tres escalones que tantas veces subió y bajó durante las vacaciones de verano cuando llegaban a esa casa en la playa como un atisbo de respiro de una vida ajetreada en la ciudad. Después de tropezar, sólo continuó su camino sacándose a golpes secos la tierra que se adhirió a su pantalón de mezclilla y a su playera azul con unos símbolos blancos, muy comunes en los teclados de las computadoras.

Caminó por el polvoso sendero y por momentos volteaba, buscando, buscando, sin hallar. Su mente nublada, no lograba hilar idea alguna, sólo trozos lejanos de coherencia brillaban como luciérnagas en la noche, en la profunda obscuridad de su memoria. Siguió caminando. Torpe, polvoso y confundido.

Durante sus pasos las ramas del angosto camino se tallaban contra sus ropas, a veces eran roces pequeños, otra incisiones profundas en los tejidos de las prendas, como manos de fanáticas pubertas queriendo asirse a la estrella juvenil del momento, sin lograrlo. Las ramas lo arañaban, con insistencia, a veces marcando sus ropas, otras despojándolo de ellas y el siguió andando.

Aturdido por lo que vivió minutos atrás, cerraba los ojos como buscando un recuerdo al cual asirse y darle orden a esa escena perturbadoramente presente que calaba la memoria, pero era inútil, nada reciente aparecía en esas páginas. Lo que llegaba a su mente  era el recuerdo de cuando ingresó, apenas una hora atrás, a esa cabaña lejana, cuando aún la tocaba el sol del día que muere, antes de huir en el horizonte infinito del mar.

El calor le dolía, la sal le quemaba, pero eran sensaciones que no se comparaban a otras más despreciables y menos deseables que no lograba identificar a pesar del esfuerzo mental que realizaba.

En su cuello tenía una sensación extraña, como una dificultad para tragar saliva, o siquiera respirar. Por más que se llevaba la mano a esa parte no sentía nada extraño, excepto su piel desnuda ligeramente lastimada por el roce de cuello de la playera. Tal vez alguna de las muchas ramas del camino habían arañado su piel provocándole ese malestar. No lo sabía, pero era patente.

Trotaba sobre la angosta y enramada vereda con premura por alejarse del sitio, quizás por ello tuvo una distracción que bastó para, en el momento que el sendero dio una sorpresiva vuelta en L y ya sin equilibrio, impactar con todo su peso y prisa sobre el tronco de un gran árbol con su hombro izquierdo. El golpe fue completo, fue un estruendoso impacto, un dolor agudo recorrió la piel, se hundió en lo profundo de los tejidos, siguió un camino predestinado para transmitir la sensación de dolor, que aumentaba a cada instante, mientras camisa, piel y nervios se desprendían en una aterradora imagen que concluyo con un brazo completo separado del cuerpo abruptamente. Instintivamente llevó su mano derecha a la zona de la herida, donde antiguamente su brazo se conectaba al cuerpo pero no salía sangre, y el dolor inicial parecía irse diluyendo tan rápidamente que el contemplar la herida abierta sólo causaba asombro, mas no dolor.

Regresó, lentamente, unos cuantos pasos a donde su brazo había quedado enmarañado de ramas secas caídas de los árboles en aquella abundante selva, entre riscos, al lado del mar. Lo miró por un segundo ahí, como se mira a los objetos en una caja de cartón donde se guardaron años atrás. Se acercó a tomarlo pero en el momento de agarrarlo, cuando sus dedos apenas rozaban las fibras de la camisa e iban sintiendo la carne que conformó aquel brazo, el trozo de su cuerpo se disipó en una nube negra de cenizas que cayó irremediablemente sobre la hojarasca al lado del sendero. De un sobresalto dio dos pasos atrás, se quedó perplejo, sin respuestas. En los últimos minutos había tenido muchas sorpresas. Recordó cuando en un cumpleaños, rodeado de sus amigos de la escuela, al momento de partir el pastel, hábilmente decorado de cancha de fútbol, le habían ofrecido el trozo más grande y delicioso que había visto jamás, pensó que no lo acabaría nunca o que necesitaría de una bebida para pasar los bocados. Puso el plato de papel sobre la mesa con mantel azul y se dirigió rápidamente a la nevera a tomar un vaso y servirse horchata de arroz, que había hecho una de sus tías, con la cual acompañar su rebanada de pastel. Terminado lo anterior, regresó y se encontró con el vacío más grande que un niño de siete años puede tener en su infancia, el pastel había desaparecido, sin explicación, sin rastro. Semanas después se enteraría, por un amiguito con el que nunca volvió a platicar en la escuela, que un perro callejero había entrado por la reja de la puerta de entrada de la casa que había dejado abierta su hermana mayor, y que en el fervor de la fiesta y las piñatas, nadie había notado, excepto él, su amiguito, como la lengua del can terminaba con el pastel en dos bocados dejando limpio y prístino en plato para luego retirarse por donde vino. Esa sensación de vacío regresó con la desaparición de su brazo. Sin rastro, sin razón, sin nadie a quien culpar.

Vio con temor el sendero por donde venía, se miraba obscuro a pesar que el atardecer apenas empezaba. Hacia el otro lado el camino se veía casi igual, angosto, polvoso, con ramas maltrechas y sin un final. A pesar de las premoniciones que vio decidió seguir, ya nada quedaba para él atrás.

Empezaba el trote de desconsuelo nuevamente. Sin recuerdo ni origen. En una vuelta viró con dificultad, librando un montón de ramas que estaban a un lado del camino. Luego una rama baja pasó arañándole la mejilla derecha, casi pudo sentir como la piel cedía ante la tensión y una cortada profunda nacía en su rostro. Sin embargo, no detuvo la andanza, ni se inmutó.

En un brinco audaz sobre unas piedras que aparecieron en una zona donde más obscuro estaba el camino, uno de sus pies cayó inevitablemente, entre dos grandes rocas. La inercia de la carrera le hizo trastabillar, enterrando su pie entre ambas lozas rocosas y dar un fuerte tirón con el peso de su cuerpo que desprendió al nivel del talón, después de una sinfonía de hueso y tejidos desgarrados, su pie completo. Su siguiente paso terminaría apoyándose sobre el muñón que había quedado como residuo.

Sudoroso, agitado, con enojo y asombro, sólo volteó a ver su pie atorado entre las dos rocas. Como si fuera un último adiós, una parte que dejaba en aquella travesía. El cuadro que se presentaba ante él le hizo derramar una lágrima que escurrió tímidamente por su mejilla herida y que se internaba en la cortada del rostro hasta confundirse con la humedad de los tejidos, ahora secándose a la intemperie, como el que se queda en los escalones de la puerta de entrada en la casa de la chica de sus sueños sin tener una razón para tocar la puerta y hablar con ella, y que deja que la lluvia y la noche lo oculten en la acera mientras hila una y otra vez la historia de qué pasaría si tan sólo tocara a la puerta… si tan sólo ella, por algún argumento irracional, saliera de noche y con lluvia y que pasara junto a él y que al decirle “Hola” no se asustara, que quisiera platicar a costa del clima y el tiempo, hasta el momento donde ella dijera que tiene que regresar al interior de su casa, la ve subir los escalones de regreso y la pierde de vista en el marco de una puerta de madera con un vitral que refracta la luz de formas caprichosas y mágicas. Un suspiro que se escapa.

Pero nada de eso pasa en la realidad, esas cosas son sólo para los cuentos y las historias de cine, aquí él estaba despidiéndose de una parte física suya, su pie aún con el zapato deportivo, atorado entre rocas que lo flanquean.

Con ternura se acerca lentamente para sentir la textura o quizás destrabarlo, pero al igual que el brazo, se va con el contacto. Desaparece en una nube negra que rápidamente se disipa.

No lo piensa más. Continúa su carrera, la enramada empieza a dispersarse, muy lentamente. Los rayos del ocaso por fin logran pasar por instantes cada vez más frecuentes, entre las ramas. Su calidez le da nuevos bríos, el paso, aunque torpe, es firme: muñón, pié, muñón, pie; como los pasos de su abuelo materno, aquel que muy poco había frecuentado en vida porque se había decidido mudar, durante la última parte de su vida, a un lugar remoto en las montañas. La familia al inicio lo tomó a loco, “un viejo de 70 años no puede irse, mucho menos vivir solo”. Sus rostros quedaron perplejos cuando al regresar de un domingo en el parque, entre sonrisas y chistes no lo encontraron en la casa. Primero les pareció raro que no estuviera en la mecedora del patio de atrás de la casa, como todos los días, muriéndose lentamente en el olvido familiar. Luego, cuando la nieta menor encontró una nota bajo la mesa del teléfono (debió volarse, él no era tan cuidadoso) con la letra del abuelo, en una hoja de una libreta en la que luego sacaría la máxima calificación en la clase de ciencias en la escuela, con una pareja de palabras tan fugaces como certeras “Me fui”.

Sin adiós, ni melodramas. Sólo desapareció. Un par de años después un viajero le comentaría a la familia que había un señor viejo en la cordillera, que se parecía mucho a la señora de la casa, y que había construido su casa en la montaña, en un rincón apartado de toda propiedad, junto a un nacimiento de agua y un cementerio de sueños. Lo había conocido en un viaje “al campo” y que lo recordaba por la vista y plática optimista que tuvo durante su encuentro en el que compartieron un vaso de agua, cigarros y algunas galletas.

Aquí no era la montaña y la cordillera estaba a muchos kilómetros. Aquí es sal y calor, desgaste y erosión. La caminata no se hacía fácil a pesar de que los árboles ofrecían cada vez menos resistencia. La brisa llegaba esporádicamente, pero llegaba. El pasto aparecía a manchones, ese que crece a ras de suelo con muchas hebras y con un color verde pálido, quemado lentamente por el sol y refrescado por el mar, que sobrevive en esa frontera de la inexistencia. Aquí es la playa olvidada, la de postal pero no para vivir.

En este lugar un alma corría con temor en un sendero polvoso y enramado, pero desconocía el origen de su temor y el sonido de sus pasos no ayudaba a calmar la incertidumbre. Un fragmento llegaba esporádicamente, pero así como llegaban tenían su precio en piel, músculo o alguna parte del cuerpo.

Recordó a una chica, no en la cabaña sino antes de llegar a ahí. Eso le costó la mano que aún le quedaba hasta entonces. Luego recordó el muelle y cómo una lancha pequeña se mecía con las olas del mar asida a los pilotes mediante una cuerda con mejores tiempos. Eso le costó algunos músculos del pecho y abdomen.

Era inquietante ver como ese ser maltrecho iba serpenteando una vereda mientras sus restos se iban desprendiendo. A pesar de ellos, no disminuía su andar, sino que a cada recuerdo más quería saber. La moneda de cambio por adquirir recuerdos eran pedazos de su ser que azarosamente caían al suelo y después de unos segundos desaparecían en bocanadas de humo negro.

Su rostro inexpresivo no daba señal de cansancio, ni de perturbación, había aceptado su realidad, por extraña que fuera, sin embargo en su memoria una espina empezaba a clavarse lentamente, una duda. ¿Qué pasaría al final? No lo sabía.

Si no fuera porque una gaviota aleteó a unos cuantos centímetros de él, nunca habría notado a la media docena que lo venía persiguiendo, eran carroñeras de su ser, pescadoras de trozos humanos. Eso le hizo dudar si continuar o enfrentarlas. Sin detener el paso no le vio sentido a defender esos pedazos suyos que iban siendo consumidos por el tiempo efervescente de su desaparición o por la gaviotas carnívoras que lo perseguían.  Cada vez rondando más cerca, cada vez levantando menos pedazos suyos del entre la tierra y cada vez aventurándose a tirar picotazos para comer del manjar andante.

La desesperación llegaba, las aves se atrevían a mordidas directas. En la carrera, él intentaba ahuyentarlas pero nada se podía hacer cuando alejas a una y se acercan dos, sólo quedaba huir.

Corrió con más ganas, algún recuerdo valioso parecería en cualquier momento, sólo deseaba lograr entenderlo.

Dos manos entrelazadas. Un sitio cerca del mar. Recuerdos sin sentido. Un acantilado aparecía a lo lejos. Varios metros atrás había quedado la periferia de los arbustos. Su cuerpo, o lo que quedaba de él, daba muestras de heridas infligidas por las aves y las ramas, navajas naturales que se encargaban de marcar el cuerpo ahora casi desnudo de un ser en huída.

Los huesos asomaban, trozos de carne esparcidos sin orden por toda la osamenta de ese ser que dificultosamente era perseguido. Recordó cuando jugaba de niño a perseguir a su hermano, nunca había logrado alcanzarlo abiertamente. Era más grande, ágil y rápido, sin embargo una vez había logrado capturarlo en el juego justo cuando, corriendo, habían pasado frente a una casa donde se acababan de mudar a la colonia una nueva familia. Los padres ya habían ingresado a la casa, pero ni su hermano, quien corría burlonamente, ni él se dieron cuenta que en la reja, oculta entre arbustos del jardín, una niña de largo pelo castaño, de su misma edad, con un libro bajo la mano, daba un paso hacia la calle. En la prisa su hermano había tropezado con la pierna de ella, el libro salió disparado varios metros, la niña se dolía del pie y lo único que pudo hacer fue ofrecerle su mano para ayudarla a levantarse. El hermano huyó, temeroso de cualquier represaría por aquellos nuevos vecinos. Él en cambio había afrontado el regaño del padre de la niña, y aunque tanto él como su ahora cómplice, sabían quien había ocasionado el accidente, ni uno de los dos desmintió al papá en aquel momento, quien hasta diez años después lo sabría cuando el noviazgo fue descubierto después de un beso entre ambos en el jardín donde había comenzado la historia tiempo atrás y habían tenido que explicar el origen de muchas cosas. Eso recuerdo también llegaban, y tenían su precio.

Lleno de memorias caprichosas, sin orden, y a pocos metros del acantilado, ve entre las rocas lejanas la silueta de una mujer. La reconoce, pero el nombre se mantiene ausente. En su estrepitosa andanza quiere reencauzar el camino y dirigirse hacia ella pero el muñón golpea una roca que sobresale del terreno. Él está muy cerca del acantilado que lo llama en una caída larga.

Mientras su cuerpo pasa a la ingravidez de una caída, los recuerdos empiezan a ordenarse. Una caminata en la playa. Había una pareja. Se quieren, van de la mano. La sal de las olas pegando contra las rocas distrae su mente y se le escapan pedazos de la historia. Un diálogo que hay entre ambos, una separación. Siente un nuevo en la garganta, un nudo que estuvo presente todo este tiempo y que ahora suena como un cascabel rebotando entre los huesos y cartílagos del cuello. Recuerda una lágrima que recorre una mejilla… la de él.

Se recuerda, él iba de la mano. Esa es su mano. Y ella… es ella, la de largo cabello castaño. La reconoció en el acantilado antes de caer, la vio y ella a él. O al menos eso cree. Pero él iba de la mano, la llevaba de la mano. Ella llevaba un libro, siempre con un libro bajo el brazo. Le hace un petición que ella rechaza. Hay palabras, miradas que se alejan, una caminata de la mano que termina con dos caminos diferentes. El rumbo a la cabaña, ella al acantilado.

Lo último que vio en la cabaña fue su cuerpo maltrecho, con la cuerda de la lancha que ahora va a la deriva en alta mar, adornando su cuello como corbata invertida. En su larga caída en el acantilado, una lágrima se le escaparía si no fuera porque ya poco queda de su rostro, las aves y recuerdos han hecho su trabajo. Cierra los ojos en señal de aceptación, lo inevitable que se acerca, la transfiguración de lo material a lo etéreo, la unión cuerpo mundo. No se da cuenta que la niña de largo cabello, parada en los límites del acantilado, deja caer un papel, despidiéndose con un beso, una fotografía, de su hermano, que se hundirá entre las olas de aquella bahía y dos meses después ya no existirá en el fondo del mar.

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