La ida

Salió corriendo a través del marco de la puerta de madera de aquella cabaña lejana, vieja y con olor a sal, un poco torpe y agitado. No vio los tres escalones que tantas veces subió y bajó durante las vacaciones de verano cuando llegaban a esa casa en la playa como un atisbo de respiro de una vida ajetreada en la ciudad. Después de tropezar, sólo continuó su camino sacándose a golpes secos la tierra que se adhirió a su pantalón de mezclilla y a su playera azul con unos símbolos blancos, muy comunes en los teclados de las computadoras.

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La vida de don José

Todas las mañana don José se levantaba una hora después que su esposa ya hubiera dejado la cama. Ella al levantarse empezaba a hacer el desayuno para sus tres hijos, los niños en edad de entrar a la escuela y la niña, apenas de brazos.

Don José se lava la cara en el lavado fuera de la casa mientras miraba sembradíos secos de maíz en las parcelas alrededor de su casa, a las afueras del pueblo, el único lugar donde la gente sin recursos debía vivir.

Con la cara limpia, entraba a comer tortilla vieja con frijoles que ya estaba en la deteriorada mesita de madera y que doña Matilda tenía la obligación de tener lista todas las mañana so pena de terminar bajo un regaño que Don José le ejecutaría de lo contrario.

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En la cueva

Una vez entraron a una cueva 5 sombras. Cada una por motivos diferentes llegó a ese lúgubre y solitario paraje. Ni una de ellas se dio cuenta de la presencia de las otras hasta ya pasados varios minutos.

La primera en percibir la presencia de las otras, tuvo miedo. Se apeó contra las rocas del fondo, y entre raspones con los bordes filosos se fue colando en las grietas húmedas y sólo sus ojos, ahora abiertos, buscaban señales de movimiento en el otro extremo de la cueva. Nada miraba pero igual necesitaba abrir los ojos para sentir un poco de seguridad.

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