La palabra

No coincidían en el día, ni habitaban la misma casa, pero algo entre ellos los unía, era una palabra, pequeña y fugaz… si tan sólo la recordara.

Volvamos

“Volvamos los pasos…”

Fue lo último que le escuché decir, en medio de un susurro que escapó tímidamente de sus labios ahora pálidos, perdiéndose en medio de la incoloración que sucede cuando el calor del cuerpo y la sangre se alejan de las células que lo alimentan. Tambien pasa cuando se va el amor.

Con cuidado especial deposité su cuerpo flácido y perdido sobre el pasto fresco de la noche fría. La niebla nos cubrió, más a mí que a ella. No me reconocía, ni donde estaba. Huí.

Mientras me alejaba intenté no voltear a ver los restos de una historia que se deshacía en ese jardín, pero no pude y por la comisura del ojo pude ver que aún me ofrecía la mano como diciendo ven. Agaché la mirada. Caminé. Me fui.

Nunca volví a ser el mismo.

La promesa

Como dictaba toda premonición, fue doblada, torcida, roída, arrumbada, estirada hasta que cada una de su fibras fue desprendiéndose una a una en medio de una dolorosa e irreconciliable despedida para no volver a ser más lo que fue.

En el silencio

Cerré la puerta dejando atrás el frío, el bosque y su niebla. Luego de tantas horas llenas de miradas, del atardecer huyendo en la silueta de aquellas montañas, de los sonidos inexplicables que brotaban con cada paso, al fin estaba solo. Condenadamente solo.

El silencio era atroz. Su silencio fue aún peor.