Nieve

Yo nací en invierno.
Los días de octubre también, a veces, son invierno.

Mis manos debieron tocar la nieve en los primeros días, cuando el sol no se asomó y sólo un gélido susurro nos crispaba en la piel.

Nací en medio de una tormenta, de un abismo, de nieve. Por eso mi cuerpo es frío, como nieve. A veces veo en mi piel diminutos cristales de nieve, a veces veo lo que se me antoja.

Mis ojos ven blancos paisajes, aún en verano, de quizás mi nacimiento o brillos que la memoria evoca. Vi nieve, mi cuerpo la reconoce, la oye, la llama… cuando no está la extraño.

Yo nací en invierno. Con soledad gélida por compañía. Con frío en los huesos.
Tanto frío que a veces duele.

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Ahora que estoy solo y tú estás lejos

Ahora que estoy solo y tú estás lejos, tengo el tiempo necesario para extrañarte. No hay prisas en este sentimiento, ni las acciones siguientes, sólo una tira de momentos inmortalizados en la memoria, a los que trato de asirme como el náufrago a medio mar se aprieta contra el flotante tronco perdido. No existe playa, ni tierra, sólo agua.

Recorro con la vista todo alrededor, qué pequeño es este cuarto, qué grande es el mundo, objetos que se refugian de mi extrañar tan salvaje.

Miro un tintero encapsulado dentro de plástico transparente, ansía salir, escaparse, rodar por las páginas blancas en donde te escribo ahora lo que luego descubrirás.

Una vaca aterciopelada sobre el monitor de la computadora me ve, sin premura ni maduración sonríe, le respondo y te extraño. Nada en este cuarto realmente está vivo, ni lo estuvo antes del día que tus labios encontraron los míos. Los objetos inertes, al recordarte cobran vida, se ríen, se mueven de lugar, juegan, tratan de apaciguar un sentimiento amorfo y solitario que tiene por única compañía un gato viajero que un día amanece con caricias y al otro ni llega. Sigo extrañándote, necesito callar, encallar.

No sé qué es peor, si distancia o tiempo. Ambos están entre nosotros, le debemos mucho pero igual nos alejan, quizás tratan de perpetuarnos sin saberlo.

Que mente es la humana que puede divagar por mil rincones imaginarios, en planetas distantes, en galaxias externas, dimensiones pragmáticas de los escritores, pero no le es posible acercarse unos cuantos metros o un kilómetro o dos. Esa es la mente que escribe en voz del poeta “el corazón no está donde late, sino en donde extraña”, una mente que se conjuga igualmente con el amor que con la porquería, porque hasta para eso sirve la imaginación. Y la distancia presente. Y el tiempo igual. La noche llega.

No quería escribir, sino decirlo, susurrarlo, mover lo que me queda de lengua y lograr borrar la barrera, pero no puedo, no pude. Sólo he podido escribirte estas palabras, que no dicen nada extraordinario pero cómo las siento en el corazón, te extraño.

Sin querer

Cualquier día te despiertas, sucio y olvidado en un mausoleo. Abres la puerta, es un día maravilloso, es de mañana y las mariposas burlonas se ríen de quien eres y de lo imposible que pareces. Das un paso afuera y todo alrededor sopla colores al aire, los mosquitos matinales como pinceles decoran erráticamente cuanto se alcanza a ver.

Tomas una rosa, de esas trilladas en los maceteros de los que descansan, la deshojas pensando en quizás y tal vez, y nada, los pétalos caen al suelo en forma de lágrimas, un ruido a vidrio despedazándose se escucha cuando impactan el piso.

Agobiado te sientas sobre la loza del vecino, lo maldices mil veces y perdonas sus impronunciables pecados. Te saturas de esa atmósfera sofocantemente colorida, te duelen los ojos, los lloras y cansado un suspiro se te escapa sin saber esa añoranza qué camino tendré.

Cualquier día te levantas y crees volver a vivir, pero algo te falta, ya nada existe, sólo las imágenes en los recuerdos que incitan a volver a un mundo que nunca conociste. Y todo, sin querer.

Los parecidos

Éramos tan horriblemente iguales que después de ese café fingimos que el otro no existía, que nunca existió, que era la eterna sombra compañera del otro, sin pena ni gloria pisoteada en cada paso y tan fiel que a veces uno no la entiende. O tal vez el reflejo deforme que uno ve en los aparadores luminosos de la ciudad sin prestarle más atención que a unas manchas de colores.

En el camino seguimos, sombra, y nunca te tomaré la mano. Lo sabes.

Altamar

Míralos ahí, los piratas del mar de pasión con bandera de amistad que descaradamente se esconden en la niebla matutina.

A la par

Rodeados de personas, entre sus fugaces roces, culpas iban y venían, miradas que se escapan y que nadie atrapa cuando caen al suelo, sensaciones de caricias y cercanías. Culpas amorosas que van y vienen.

¿Quién dio el primer paso? ¿Quien lo continuó? ¿Quien, sin darse cuenta, ahorcó al otro?

Y ahora aquí, bajo la pobre luz de esta lampara que ha tenido mejores años y noches, trato de aferrarme al único instante que valió la pena, pero ya casi no lo recuerdo. ¿Cuál era?